¿En qué tipo de universidad estudiaste, y vives independientemente?

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miércoles, 28 de abril de 2010

Esbozos de análisis: Cuestión de valores

Entre los emancipados y quienes defienden el seguir viviendo con sus mamitas parece haber una brecha irreconciliable de lo que podrían describirse como "valores". Supuestamente, los emancipados dirían que ellos defienden el valor de la "independencia" y representarían a los que viven con sus mamitas como defensores del valor del "engreimiento". A su vez, quienes viven con sus mamitas dirían que defienden el valor de la "vida decente" y representarían a los emancipados como defensores del valor de la "decadencia".

Sin embargo, esta también es una falsa dicotomía. En medio de todo, la vasta mayoría de las personas se ascriben a dos valores: "independencia" y "comodidad". La cuestión es saber dónde considera uno que encuentra el justo medio aristotélico. Ser homeless sin duda te da mucha independencia, pero ninguna comodidad. Vivir con una mamita que te controla cada minuto del día te puede dar mucha comodidad, pero cero independencia. No obstante, la mayoría están en algún lugar al medio.

Hay situaciones que son verdaderos no-brainers. Si puedes mudarte de la casa de tu mamita y ello te significará más independencia y más comodidad, pues no hay buena razón para no hacerlo. No hay mucho que decir acá.

Para muchos jóvenes profesionales de clase media y alta, sin embargo, mudarse de la casa de la mamita más bien importa un sensible descenso en comodidad, si bien se puede ganar una cierta cantidad (dependiendo mucho de los casos) de independencia. Dado que las mamitas suelen ser bastante tradicionalistas, yo diría que la cantidad podría llegar a ser significativa. Y he acá donde el joven profesional ha de priorizar lo que prefiere. El tradicionalista pondrá como su prioridad la comodidad, mientras que el moderno privilegiará la independencia.

Y eso es algo que se han de preguntar los jóvenes profesionales. "Priorizo mis valores de manera tradicional o moderna?"

domingo, 4 de abril de 2010

Quieres un aumento de sueldo? Vive con tu mamita!




Prácticamente ningún joven profesional en sus veintitantos o treintaitantos gana tanto como merece ganar. Todos quisieran un aumento de sueldo. Acá les proponemos una forma de aumentarse el sueldo unilateralmente: mudarse con la mamita!

Es una fórmula perfecta. Veamos en cuánto se estaría uno aumentando el sueldo mensual:

Derechos a un cuarto y zonas compartidas en una casa en distrito de clase alta: $400
Empleada (o mamá) a tiempo completo: $150
Comida gourmet sana gratis: $200
Electricidad, cable digital, agua, internet de banda ancha gratis: $200
Estacionamiento gratis en la cochera de la mamita: $70

Son prácticamente mil dólares de aumento, así de sencillo. Completamente unilateral. Mil dólares que se pueden gastar en sexo, drogas y rock and roll, o en cualquier otro lujo burgués que uno pueda querer: ropa, autos, juegos de video, etc.

Un pequeño problema, del cual nos acabamos de percatar. La mayor parte de profesionales burgueses de veintitantos o treintaitantos ya vive con sus mamitas. Así que sorry, no hay aumento unilateral extra que obtener. Pero por lo menos disfruten del hecho de que su mamita prácticamente ya les mete mil dólares al bolsillo cada mes!




miércoles, 2 de diciembre de 2009

¡Qué tal concha! Consideraciones teóricas



La sección "¡Qué tal concha!" consiste en críticas -nominalmente constructivas- al estilo de vida de algunos nenas que viven con sus mamitas. Básicamente consiste en la sátira de los lujos que lo nenas se autoprodigan con el dinero que se ahorran sanguijueleando a sus madres. Cabe, sin embargo, establecer algunos esbozos teóricos que enmarcan esta categorización.

En Viviendo Solo consideramos que existen casos legítimos de vivir con la mamita. La discapacidad, por ejemplo. La ceguera, la parálisis o el coma son todas condiciones que pueden precluir -algunos más que otros- la posibilidad de vivir como adulto independiente. No siendo tan radicales, también puede ameritar vivir con la mamita si uno realmente tiene un ingreso tan exiguo que no puede sobrevivir por su cuenta. Si bien no hemos establecido cuál es el mínimo que se necesita para vivir independientemente, aunque de hecho hay gente que cría familias enteras con 600 soles o menos, sí hemos establecido que a partir de los S/. 1,100 para arriba uno ya no puede reclamar que "no le alcanza" (esto es a menos que uno se crea un hidalgo picaresco del siglo XVII o algo así, que "merece" que el mundo lo mantenga).

Otra posibilidad es que uno viva con su mamita para poder ir ahorrando. ¿Ahorrando para qué? Pues para comprar los enseres básico para mudarse y vivir como adulto. Cama, platos, cubiertos, sillas, refrigeradora, microondas, etc. podrían ser algunos de los objetos que uno podría necesitar antes de volverse adulto. En este caso, entonces, la vida con la mamita tendría un fin determinado y estaría caracterizado por su condición transitoria. Uno ya no "vive" ahí, sino está "alojado".

Y ahora es que entra el elemento del ¡Qué tal concha! Esto se aplica cuando el nena empieza a adquirir objetos de lujo con el dinero ahorrado. Ya hemos visto el caso de los automóviles. Lo que cabe analizar es si todo lujo comprado por el nena es una concha. Para esto, propongo un criterio de proporcionalidad. Después de todo, si eres hijo de Bill Gates vives con tu mamita, y ganas S/. 1,500 al mes, difícilmente podría tildarse de concha el irse de viaje a Huacho, ¿no?

Por ello, hay que comparar el ingreso del nena con el de la familia y sacar alguna proporionalidad. Si la familia gana mucho más que el nena, entonces no estaría tan mal que este se de unos lujos con la plata que ahorra viviendo con la mamita. En cambio, si el nena gana más que la familia, y encima vive con la mamita, con lo cual ahorra para darse más lujos, eso sí estaría mal.

Entonces, a la hora de analizar lujos (autos, motos, viajes, televisores plasma, casas en la playa, etc.) comprados o alquilados con el dinero ahorrado por vivir con la mamita, la pregunta que tendría que hacerse el nena es la siguiente: "¿Puede mi mamita darse el mismo lujo con la misma facilidad que yo?" Si la respuesta es afirmativa, mal que bien, el nena puede gastar con la conciencia limpia.

En cambio, si la respuesta es negativa, el mundo entero -y Viviendo Solo- dirán a viva voz: ¡QUÉ TAL CONCHA!

miércoles, 21 de octubre de 2009

Esbozos de análisis 2: Permutaciones


Las aspiraciones de los jóvenes y las expectativas de los padres pueden ir en contraposición o armonía en una sociedad como la latinoamericana. Es bien sabido que tenemos una tradición patriarcal del paterfamilias que gobierna con mano dura, pero benévola en una casa poblada llena de hijos, familiares y allegados. Sin embargo, con la creciente modernización y secularización van empezando a aparecer fisuras en esta estructura.


Para empezar, la doctrina era que la fecha más temprana en que a los hijos se les permitiría mudarse era con el matrimonio. Mientras que hasta hace algunas décadas, el matrimonio sucedía en los tempranos veintes o incluso antes, no había mayor conflicto. Algunas parejas incluso se quedaban a vivir en la casa de los padres de uno de los recién casados, para deleite de los anfitriones. Sin embargo, las fechas de las bodas se van dilatando, por lo cual vemos solteros que viven en casa hasta entrados los treinta o cuarenta.


Y acá viene la cuestión de las permutaciones. Los jóvenes (y no tan jóvenes) pueden o querer vivir con su mamita indefinidamente, o querer independizarse y ser adultos. La mamita (y papito) a su vez puede desear mantener a sus hijos en condición de niños perpetuos manteniéndolos en casa (y en algunas ocasiones prohibirles la independencia “largo tiempo el peruano oprimido la ominosa cadena (de su mamita) arrastró…”) o bien obligarlos a aprender a volar con sus propias alas, echándolos del niño. Esto nos lleva a cuatro permutaciones posibles, dos felices, dos infelices.


Escenario A: Tanto la mamita como el hijito están satisfechos con mantener sus roles a perpetuidad. A la mamá le gusta mimar a su hijito y al hijito le gusta ser mimado, como cuando tenía cinco años. Cualquier cuestión edipal acá es pura coincidencia. Resultado: todos están felices.


Escenario B: La mamita quiere seguir siendo mamita el resto de su vida, pero el hijo quiere la independencia. El hijo puede enfrentarse a la situación de tener que elegir mantenerse como niño perpetuamente para complacer a su mamita, o mudarse igual, incurriendo el resentimiento de ella. Al realizar la mudanza sin apoyo familiar, lo hará de manera más precaria y con (algo) de sentimientos de culpa. Si se queda, se sentirá frustrado. Resultado: una de las dos partes quedará descontenta.


Escenario C: Los padres quieren que su hijito se mude para poder finalmente superar la fase de la crianza y retomar sus propias vidas, pero el susodicho se rehúsa a hacerlo, reclamando que a sus treintaitantos años sigue siendo deber de ellos darle una vivienda “a su altura”. Los padres pueden botar al hijito de patitas en la calle, para obligarlo a madurar, pero él lo resentirá por toda su vida, acusándolos de malos padres. La otra opción es sufrir al hijito, y tener que aceptar que jamás recuperarán el uso de ese cuarto, o que no podrán vender la casa y mudarse a donde fuera que quieran mudarse, ya que el hijito les reclamará que tiene que ser cerca de su trabajo. O si se mudan, que le dejen la casa. Resultado: una de las dos partes quedará descontenta.


Escenario D: Tanto los padres como el hijo quieren que se dé la independización. No hay conflicto. Los padres incluso pueden apoyar al hijo con artefactos y/o muebles sobrantes. Se mantienen relaciones perfectamente cordiales. El hijo cuenta con privacidad para hacer lo que le venga en gana y volverse un adulto propiamente, y los padres cuentan con más espacio en su casa, y la satisfacción de saber que su hijo puede realmente y fuera de toda duda sostenerse por sí solo. Resultado: todos contentos.


Evidentemente, las situaciones más armónicas son la A y la D. B y C presentan conflictos. En general, nuestras sociedades están pasando de una situación tradicional de “A” (que era la situación por defecto, nadie dudaba de que así tenían que ser las cosas) hacia la modernidad de “D”. Pero este proceso no puede ser automático, y por ello es que se presentan los casos B y C, que deben ser realmente muy trágicos. Quizá en unos cincuenta años “D” llegue a ser lo aceptado ampliamente, pero hasta ese entonces seguiremos en una situación de transición. Entre tanto, brindemos por quienes viven en la seguridad del Escenario A, quienes probablemente son quienes más cobijados y felices viven. ¡Salud!

miércoles, 14 de octubre de 2009

No plancho porque no me da la regalada gana (y otras razones más)




Cuando uno no tiene la mamita (o su empleada) para que le ordene las cosas a uno, uno ha de enfrentarse a decisiones sobre cómo mejor emplear su tiempo. Conozco una persona quien, viviendo con su mamita, me dice muy orgulloso y como señal de su “independencia” que él solo va a su casa a dormir. Todo un chico independiente. De lo que no se percata (y he de admitir, en su momento no me percaté yo) es que el mismo hecho de que solo vaya a su casa a dormir es precisamente resultado de su mami-dependencia. Se puede dar ese lujo en la medida en que tiene una mamita que se encarga de mantener la casa funcionando. Una persona que vive independientemente de su mamita sí tiene que dedicarle algún tiempo a ver las cosas de la casa.


Para mi buena fortuna, tengo acceso a una máquina lavadora. Todo se mete ahí de un sopetón y se pone a lavar. En cuarenta y seis minutos o por ahí (suficiente tiempo para ver un capítulo de House) ya está listo para colgar y secar. Una vez seco, ya está listo para planchar, y una vez planchado, listo para usar.


Lavar toma relativamente poco tiempo. Pero ha sido el planchado el que me ha absorbido una cantidad de tiempo bastante por encima del que estaba dispuesto a dedicarle. Y de ahí, tuve que evaluar la necesidad de gastar tiempo, energía humana y electricidad en planchar la ropa. Hay algunas cosas en que no se puede evitar gastar energía y tiempo. Cocinar comida, por ejemplo. Mal que bien, los homo sapiens sapiens necesitamos ingerir alimentos que estén cocinados, porque ya nuestro sistema digestivo así lo requiere. Computadoras: no se puede trabajar sin ellas ahora, y se puede argüir que hacer el mismo trabajo sin ellas tomaría mucho más tiempo. Televisores: mal que bien necesitamos entretenimiento e información. Y así, una infinidad de ejemplos más.


¿Para qué sirve la ropa? En su función más básica, para proteger a uno de los elementos. ¿Planchar la ropa mejora sus propiedades protectoras? No. ¿Por qué planchamos, entonces? Por vanidad. Para que la ropa se vea bien. Y cuando tu mamita te la plancha y paga ella la electricidad, supongo que Ok. Pero cuando uno mismo es el que se tiene que hacer cargo, ya no suena tan bonito. La plancha utiliza bastante electricidad, la cual podría ser mucho mejor utilizada en otras funciones (electrificación rural, por ejemplo). ¿Y para qué? ¿Para verme elegante? Qué tremenda estupidez.


Fue difícil, ciertamente quitarme la venda de los ojos. ¿Andar con la ropa arrugada? Qué tulu. Pero procedí, por el bien de la humanidad y de mi tiempo libre. Empecé con los polos que utilizo bajo las camisas, la ropa interior y las medias. Total, esas prendas o no se ven o casi no se ven. Qué importa si están o no arrugadas. Plancharlas es una pérdida de recursos absoluto y simplemente idiota.


Sin embargo, solo los que han tenido que hacerse estas cosas uno mismo saben el tiempo y recursos que consume el planchar una camisa o un pantalón bien arrugado. Y de ahí procedí al siguiente paso: dejar de planchar, punto. Experimenté con colgar las camisas y pantalones en colgadores de closet, para ver si salían suficientemente sin arrugas. El experimento tuvo éxito. Ciertamente la camisa “planchada” de esta forma no tiene exactamente la misma apariencia que una camisa planchada “de a de veritas”, pero pasa piola. Pero la ventaja en tiempo y recursos ahorrados es abrumadora. Definitivamente, me parece una medida completamente sencilla de reducir el consumo de electricidad y la emisión de gases y todas esas cosas. Ecoamigable.


Incluso mandé esta sugerencia a la campaña ecologista esta, de la PUCP, Clima de Cambios. Esta hace sugerencias que implican unos sacrificios significativos. Entre ellos, cerrar el agua caliente en la ducha mientras te enjabonas (¡qué frío!), comer menos carne (¿y mi lomo saltado?), desenchufar los electrodomésticos cuando no se están usando (qué pesado), cocinar con ingredientes frescos en lugar de congelados (qué lata) o plantar un árbol (¿saben cuánto cansa plantar un árbol? Yo sí). Los de Clima de Cambios aparentemente están dispuestos a hacer todos esos sacrificios y más. ¿Pero no planchar la ropa? ¡Qué horror! ¡Me muero!


Seguramente viven con sus mamitas.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Los pequeños placeres de vivir independientemente 2: El ateismo

¡Y de mi casa también!


No soy el único joven ateo de América Latina, ni del Perú. Pero soy un ateo que no tiene ningún reparo en admitir su condición. Ser un “ateo de clóset” no va conmigo. Soy tan ateo que a veces me provoca cambiarme el nombre a “Godfrey” solo porque suena a “God-free”. Bueno, en realidad no tanto.


Pero la realidad es que los ateos vamos en aumento, y en el último censo 608,434 personas fueron registradas como habiendo respondido no tener ninguna religión. La tendencia es hacia el alza. Ahora, cabría preguntarse cuál es la relación entre el ateismo y la vida independiente, fuera del alcance de la mamita y del papito. Paso a explicar, con lo que posiblemente parezca un circunloquio.


Según datos anecdóticos a mi disposición, sospecho que el número real de ateos ha sido subregistrado (probablemente no de manera significativa, pero subregistrado igual). He oído de casos en que el entrevistado explicaba que no creía en dios, y el censista igual preguntaba: “Así que… ¿católico?” O el caso de algún menor de edad que manifestaba ser ateo, y sus padres daban la instrucción de que debía ser registrado como católico, a pesar de las protestas del chico. Y el censista obedecía.


Eso va en contra de la libertad de religión, que en el Perú es algo que existe a medias. En mi colegio, que era en ese entonces nominalmente secular, las profesoras se horrorizaban al enterarse de que yo era ateo. Se maravillaban de que no me hubieran raptado los duendes (pues soy ateo no bautizado, es decir, hard-core, el real mccoy), y se preguntaban por qué el señor de las tinieblas no había hecho de mí un ser malvado que golpeara a sus compañeritos o que hiciera maldades. Al contrario, he de admitir que era un alumno modelo.


La cuestión es que en esta sociedad, se espera que uno sea católico. O cristiano, aunque sea. O de alguna religión. No es admisible una vida "buena" sin religión. Ya es suficientemente malo que haya ateos que tengan que ocultar su condición de tales por presiones familiares o por cuestiones laborales. Me parece terrible cuando un ateo se termina casando por la Iglesia, tanto para el ateo como para la Iglesia. Para el ateo, porque está realizando una pantomima. Y para la Iglesia, porque la farsa se está llevando a cabo con su aprobación. Mal que bien tiene casi un par de milenios de existencia, algo de respeto merece. Pero el colmo es cuando el joven ateo tiene que ocultar, o por lo menos disimular, su ateismo en su propia casa.


Considero que cuando menos el hogar debe ser el castillo de sinceridad de uno. Por lo menos ahí uno debería poder vivir su libertad de cosmovisiones provenientes de la edad de bronce. Ahí debería estar uno libre de las caras de desaprobación o decepción de los parientes cuando uno se rehúsa a ir a misa. Ahí uno no debería tener que estar expuesto a estatuillas de un pobre tipo torturado y ejecutado (y mientras más sangrienta la estatuilla, más pía).


Son muy pocos los ateos que tienen también padres ateos. Los que tienen mamitas y papitos católicos tienen que aguantarse las intimaciones explícitas o implícitas hacia la conversión y la vera fe, siempre y cuando vivan con ellos. Y es que los católicos, y los monoteístas en general, por lo general no pueden evitar intentar “salvar” al prójimo. No son capaces de entender que los ateos estamos felices y contentos, y que cuando muramos, ahí se acaba todo.


Por ello es que es recién al independizarse que el joven ateo puede finalmente vivir como le place, como librepensante y desprovisto de santos, crucifijos, cristos y de la presión de declararse católico en el censo. Recién ahí podrá vivir en un “God-free zone”.

domingo, 15 de febrero de 2009

Cocino porque me gusta

Lei con atención el último poste del compañero Jorge y tengo que decir que tiene razón... si a uno no le gusta cocinar es mejor no hacerlo y aprovechar las ventajas del menu de cinco soles, aunque ya debe haberse dado cuenta de que por su nuevo cubil los menus valen un poquito mas q eso. But I digress... en mi opinión para la persona que vive emancipado de la sazón materna cocinar tiene una serie de ventajas nada deleznables.

No se necesita tanto tiempo. En mi experiencia de cocinero amateur independiente, la comida casera no toma tanto tiempo como uno podría imaginar. La idea es cocinar usando de la economía de escalas. Es decir, por el hecho de haber solo un comensal no quiere decir que uno debería cocinar lo justo para una comida individual. Al contrario uno cocina como para cuatro y eso le dura para dos días de almuerzo y cena. Y ojo que yo tengo buen apetito, así que creanme que cada una de esas comidas esta bien servida. Entonces para una comparación justa de los tiempos que toman la comida casera y la comida callejera se debe comparar el tiempo que demora cocinar una vez (para cuatro comidas), con el tiempo que demora salir a buscar esas cuatro comidas.

¿Y el tiempo que te toma ir al restaurante?

Sabes como prepararon tu comida. ¿En cuantos restaurantes de menú puede uno ver la cocina donde preparan tu comida? Muy pocos o ninguno a mi parecer. ¿Qué tan higiénicos son? La respuesta es: ¿cómo saberlo? Como saber si el cocinero de turno se lavó las manos después de ir al baño, o después de estornudar, o si sacó una mosca de tu plato de sopa antes de servirlo. Personalmente no tengo mayores problemas en comer en la calle por esta razón, pero me imagino que para varios, estos asuntos de higiene los pueden llevar a pensar dos veces antes de ordenar se un almuerzo de cinco soles.

Él reclama su mosca. ¿Y tú?

Se come mejor. Si uno aprende a cocinar de una manera medianamente decente, la comida casera suele ser largamente superior a todo lo que se pueda conseguir en restaurantes menuceros. Cuando uno cocina para si mismo, prepara la comida exactamente como a uno le gusta y en las cantidades que uno desea. Así, no hay problemas como el menu no me llenó, el menu sabe raro, le echaron algo que no me gusta, el refresco sabe horrible, y otros tantos riesgos que suelen ocurrir cuando uno come en la calle.

Es más sano. Esta ventaja depende de las preferencias personales pues si leen la entrada inmediatamente anterior a esta, hay personas para las que da igual comer sano o no, pues total, de algo hay que morir. Ahora si uno prefiere ahorrarse los infartos, la diabetes y otros tantos males... cocinar en casa presenta ciertas ventajas. Uno elige los ingredientes que prefiere, es decir puede invertir en comer algo más saludable en vez de lo que sucede en los restaurants de menu que evidentemente eligen aquello que sea mas económico. Además, créanme que comer saludable en la calle les va a salir todo menos barato.

No es caro. Si uno cocina, puede comprar en cantidad, digamos la bolsa de 5 kg de arroz, en vez de la de 3/4 de kg, y además en el sitio de su elección, ya sea mercado, autoservicio o bodega de la esquina. Elecciones no faltan y con un poco de experiencia uno aprende cómo, dónde, y cuánto comprar.

En conclusión me parece que la comida casera no carece de ventajas para la persona independiente, divorciada de la sazón de su mamita. Sin embargo, requiere un elemento muy importante para ser efectiva: que a uno le guste cocinar. Si no se da esta preferencia, es mejor seguir el ejemplo de Jorge y comer en la calle. En caso contrario, lectores independientes (los que lo sean) atrévanse a usar sus cocinas y coman a placer.

viernes, 6 de febrero de 2009

No cocino porque no me da la regalada gana

Mi nueva invención: la cocina-reloj. Por lo menos así ese mueble me sirve algo.

Cocinar es monse. En realidad, comer es monse. Ya sé que en el Perú todos son unos fagómanos, pero yo no. Si vendieran una insípida pero nutritiva y práctica “pasta nutricional de astronauta” yo la compraría y consumiría alegremente. Así de negado soy para la comida. Y no hay reunión social en la que me encuentre en que la conversación no toque el tema de en cuál restaurante se hace el mejor ají de gallina o cebiche, o cuál chef televisivo es mejor. Aparentemente, el consenso entre la gente que conozco es que un tal "Gastón" es muy comercial. Zzzzzzzzzzzzzzzzz…


Habiendo establecido que no derivo el placer orgásmico del comer que muchos peruanos obtienen, es lógico y natural que la sazón de los menjunjes de nutrientes que consuma no me interese mucho. El menú de seis soles me provoca tanto placer como el plato de cuarenta y cinco en un restaurante fichoncito (a lo cual habría que añadir el vaso de gaseosa de seis soles y varios etc.). De un solo sopetón reduzco el gasto en “buenos restaurantes”. Y el ahorro es progreso.


No es que no haya intentado cocinar desde que me mudé por mi cuenta. Pero dado que no era una actividad que me interesara sobremanera, no progresé mucho. Me volví experto en la milanesa con arroz y papas fritas.


Todos. Los. Días.


Finalmente me hastié y dejé de hacerlo. Pero como es obvio, no fue el comer lo mismo todos los días lo que me aburrió (ya establecimos que comería “pasta nutriente de astronauta” si este fuera comercializado), sino lo fue el tiempo que me consumía. Desde el momento en que dejaba de trabajar para cocinar, hasta cuando ya tenía el plato en frente de mí, pasaban unos buenos 30-40 minutos. Lavar todos los trastes, cubiertos, vasos etc. demoraba otros 10 minutos. Pero consumía el plato en diez minutos. La proporción entre el tiempo que me demoraba en comer y el que me demoraba en preparar y limpiar lo que había preparado me pareció poco favorable. Así que dejé de hacerlo.


Pero ¿qué hacer? Para mi buena fortuna, al costado de donde vivía antes había un restaurantcillo con menú de cinco soles. Quince minutos y cinco minutos y se acabó todo el aburrido proceso de alimentarme. Unos bueno cuarenta y cinco minutos más en el día para hacer lo que me viniera en gana. Y cuando no estoy de vacaciones, igual almuerzo en mi trabajo, así que normal.


La cuestión es la cena. A veces me pongo cual monje zen y no ceno. Estoy purificando mi cuerpo me digo, entre risas. Cuando eso no basta, es full enrollado, Ramen, sánguche o cualquier cosa. Total, para mí la molestia de cocinar supera (muy) largamente el placer (prácticamente inexistente) de comer un plato de comida bien cocinado. Entonces, ¿para qué? Además, no sé ustedes, pero el Ramen me parece particularmente sabroso.


Ay Jorge, ¡pero eso es vivir como un zapoleta! Es mucho mejor seguir viviendo con la mamita para que te cocine rico lo que quieres, y que además te haga postrecito y te rasque la cabecita, quizá diga alguien. Repito (hemos establecido en este blog también que la comprensión de lectura a veces es dudosa…): No estoy obsesionado con el sabor de los nutrientes que ingiero. Son solo nutrientes. Combustible. ¿Pero y la salud? De algo me tengo que morir, digo yo. Toda esa onda “light” me parece monse. Y que las cosas “naturales” son necesariamente buenas también. El veneno de araña es natural, ¿por qué no se la inyectan?


Si no te mudas porque extrañarías la comidita que te prepara tu mamita… ¿qué te puedo decir? Aprende a cocinar tú pues. Si realmente te causa tanto placer, hazlo tú mismo (o misma). Y te aplaudiré. En última instancia, la independencia es hacer en tu propio territorio lo que uno mismo encuentre más conveniente, eficaz y eficiente; y no en lo que tu mamita crea que es lo mejor para ti. Estamos de acuerdo en que no lo hace con mala intención, pero mientras tu mamita decida qué comes, a qué hora comes, cuánto comes, etc. etc. no dejarás de ser un niño grande. Y de lo que se trata es crecer, pues.


Mamita, ¡jamás te dejaré!