¿En qué tipo de universidad estudiaste, y vives independientemente?

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viernes, 18 de junio de 2010

Los gileros de carro


Hay algo que uno nota por doquier en las calles de Lima, especialmente en las noches de los fines de semana. Uno no puede evitar encontrarse con autos estacionados en los cuales se encuentran parejas conversando, a veces acompañados de tragos, cigarrillos y agarres (mañosientos o inocentes). Y ni hablar de los autos tambaleantes de la Costa Verde. Un peatón observador se habría de preguntar por qué es que dichos vehículos son usados como locación para tanto gileo. Acaso no hay mejores opciones? Hay algo que obligue a tanto adulto a comportarse como los adolescentes norteamericanos? Claro que hay una razón. No importa cuán viejos sean, siguen siendo momma's boys.

Evidentemente, para los malignos planes que pudieran tener uno, otra o ambos participantes del gileo, mucho más conveniente y cómodo sería realizar dichos coqueteos en una acogedora sala. Un poco de vino, incienso, música romántica, y listo! A menos que tengan un particular fetiche por las incomodidades del "ejercicio" en un vehículo, el contexto del carro implica ciertos obstáculos innecesarios. Por qué coquetear en el auto y no en la sala?

Simple. Porque la sala de la vivienda en la que residen, son las salas de sus mamitas. Y a sus mamitas no les resultará del todo agradable la presencia de agarres, enamoradas/enamorados, ruflas/ruflos, amigos/amigas cariñosas o "profesionales" en sus respetables casas. O quizá sea al momma's boy o girl a quien no le atraiga la idea de que su mamita sepa que está incursionando en los placeres carnales. O sea, están en la condición de adolescentes, pero de veintitantos, treintaitantos o cuarentaitantos años.

Pero lógicamente, estos momma's boys y girls no van a dejar de comprarse un auto (y muchas veces tirarse todos sus ahorros en el más caro que puedan adquirir) y estacionarlo en la cochera de su mamita. Claro, ni que fueran niños, para andar sin carros. Vivir con la mamita, en cambio, normal.

Qué decadencia.


miércoles, 17 de febrero de 2010

El colmo de niño-grandismo: el parricidio



Lima ha sido conmocionada por el reciente caso del asesinato de la abogada Elizabeth Vásquez a manos de su hija, Elizabeth Espino, el enamorado de esta y otro cómplice. En este caso, que Viviendo Solo no puede dejar de lamentar, vemos los estragos que puede causar el fenómeno del niño-grande cuando es llevado al extremo y combinado con alguna psicopatología.

Según he podido colegir, la joven Elizabeth ha confesado que los móviles para el asesinato de su madre fueron dos: a) no le permitía verse con su enamorado y b) deseaba hacerse con su dinero. Esto nos parece abominable. Es el fenómeno de "lo que les pertenece a mis padres es en realidad mío". Evidentemente la chica esta adolece de algún tipo de locura, pero las cosas podrían haberse desarrollado de manera diferente si es que no se hubiera criado en este mundo en el cual se espera que uno viva con los padres hasta bien entrado los treintas o más allá.

Si mi mamá me prohibe verme con cierta persona, la solución es simple: me mudo. A donde sea que me mude, ya su jurisdicción no se aplica, y asunto resuelto. Es posible que haya problemas financieros, sin embargo. Pues me busco un trabajo. ¿Y si con el trabajo que consigo no me alcanza para la vida de lujos que tenía acostumbrado en la casa de mis padres? Piña. La vida es dura, y las mujeres caras.

Lo cual nos lleva al siguiente punto: el dinero. En la cultura mediterránea, el dinero de la familia es visto casi como ese dicho de los nativos de norte América y adoptado por los new agers: "la tierra no es algo que heredamos de nuestros ancestros, es algo que pedimos prestado de nuestros hijos". No jodan. La plata de los padres es de los padres y punto. Si para cuando se mueran queda algo que repartir, en fin, pero en principio tienen derecho a gastarselo como mejor les parezca. El otro corolario de la cultura mediterránea es que estos hijos de quienes "han tomado prestado" el patrimonio pecuniario familiar quizá se cansen de esperar que "se los devuelvan" y empiecen a exigir adelantos de herencia o quién sabe qué cosas. Y el caso máximo es el asesinato.

Qué decadencia.

miércoles, 13 de enero de 2010

La falacia del "Yo pago mi comida"

A veces quienes viven con sus mamitas recurren a todo tipo de excusas para intentar camuflar su situación. Una de mis favoritas es el "yo pago mi comida". Aparentemente creen que con poner plata para el mercado semanal para que les preparen su comida ya están haciendo gala de una independencia digna de las trece colonias. O sea, a sus padres les ocupan una habitación que podrían estar utilizando para cualquier otro fin, les quitan privacidad para que puedan hacer lo que quieran en su propia casa, entre otras cosas, y con poner un poco de plata para la comida que ellos mismos comen creen que ya todo está resuelto. El poner plata para comer no es señal de estar "pulling your own weight", sino de por lo menos no estar en la categoría del conchudis peruvianis más extensa.

A esto habría que añadirles el "yo pago el internet" -en casas en que los padres no tienen computadora o no la saben usar-, el "yo pago parte de la luz"-luz que ellos mismos consumen-, "yo pago el cable" -cable que ellos también ven- y un largo etc. Ah, y el colmo de los colmos: "Yo no almuerzo en mi casa, almuerzo en el trabajo". Ya sería el colmo que ganando su propio sueldo, el joven profesional regrese a la casa de sus padres para gorrearles almuerzo.

En fin. Cuando paguen alquiler, los arbitrios, los prediales y el neto de gasto les sea negativo (es decir, contribuyen más con la casa que lo que obtienen de ella) ahí conversamos. Por último, nadie les impide mudarse y seguir mandándole plata a los padres. Cuestión de ajustarse los cinturones un poco. Pero si la niñificación ya los acostumbró a sus lujos, pues qué se le va a hacer...

miércoles, 28 de octubre de 2009

La niñificación perpetua: la boda


Los papitos son quienes invitan a la gente a tu propia boda. Qué decadencia.

En el fenómeno de los niños-grandes mucho tienen que ver los padres. No son solo los jóvenes quienes quieren permanecer en su condición de hijitos, sino los padres quienes quieren seguir siendo papitos. Y esto se puede ver claramente en el ritual social de la boda.

Recibí un par de invitaciones hace poco, y lo primero que me llamó la atención era que no tenía idea de quiénes me estaban invitando. No los conocía. Leyendo un poco más, me sonaron familiares los apellidos, y de ahí me percato de que en realidad eran las bodas de personas que sí conocía. Claro, ese es el tradicional formato de los partes de matrimonio, pero se está perpetuando con él la condición de niñitos de los novios. Quienes invitan son los orgullosos padres, quienes figuran con todos sus nombres y apellidos, mientras que los hijitos figuran solo con sus nombres. Como cuando uno estaba en el kínder. Un poco más, y les ponen el sufijo de –ito e –ita. Qué decadencia.

De ahí, a la ceremonia. He ido a varias bodas en Lima, y casi siempre he notado la misma constante. Parece una reunión de los gobernantes de la URSS en la década de 1980. O sea, una gerontocracia llena de abuelitos carcamanes. Pareciera que fuera una boda entre octogenarios. Solo una pequeña minoría se ubican en los veintes o treintas. ¿Los novios eran abuelitos? No, son siempre jóvenes. ¿Por qué entonces tanto vejete? Me dicen que a la recepción se invierte la proporción y que predominan los jóvenes y los viejos se van a sus casas (o de regreso a sus criptas).

No. Las recepciones más bien parecen el festival del Inti Raymi, por todas las momias reales que andan bailando felices y discutiendo los asuntos de las panaqas. ¿Recuerdan cómo cuando uno era niño y había una gran reunión familiar, a uno y a todos sus primitos chiquitos se les colocaba en una mesita aparte de los grandes? Misma situación. Los amigos y contemporáneos de los novios se ubican en una, o a lo más dos, mesas en zonas marginales, mientras la mayoría de las mesas son ocupadas por gente que se preocupaba por el futuro de sus hijos durante la crisis de los misiles. Es decir, se reproduce la misma estratificación espacial que en la niñez. Los abuelitos siguen estando al mando, y los jóvenes son unos niñitos. Qué decadencia.

¿Es que acaso todos los novios que he conocido acá en Lima son unos gerontofílicos? ¿Quiénes son estos mallquis que ocupan la mayor parte de las bodas de los jóvenes? Resulta que en su mayoría, son invitados de los padres. Los amigotes. La promo del kínder, del colegio y de la universidad. Los compañeros de trabajo, jefes y subalternos. Y quién sabe qué más. ¿Y qué relación tienen todos ellos con los jóvenes novios? Absolutamente ninguna. En la práctica, se ha vuelto el tono de los padres y de los suegros, en el cual los novios son meramente una justificación útil, y los amigos de los novios, una presencia a ser tolerada meramente.

¿Con qué derecho viene el consejo de ancianos a la boda de los jóvenes? Porque son los padres quienes pagan. Y si son ellos quienes pagan, pues quieren que estén ahí sus amigotes. Es lógico. También se me ha señalado que hay una lógica de traslado de recursos. La ventaja que sacan los novios es que los arrugaditos tienden a tener más dinero con el cual hacer regalos más generosos, con los cuales los recién casados pueden armar su casa en una.

El costo, sin embargo, me parece altísimo. En el día en que muchas veces es proclamado como “el más importante de tu vida”, uno es relegado a la condición de utilería para justificar un reventón de viejos. Es decir, en el primer día de lo que debería ser tu vida independiente, uno es igual subordinado simbólicamente de manera muy clara. No pues.

Yo puedo entender toda esta situación en una sociedad tradicional. Los jóvenes se casan bien jóvenes, y no tienen los recursos con los cuales equipar su nuevo hogar. Para eso se requiere al ayllu. Sin embargo, en una sociedad moderna, me parece que estas costumbres ya resultan arcaicas. Cuando la gente ya es profesional y se casa en sus veintimuchos o treintaipocos, ya tienen los recursos para hacerse su propia fiesta (aunque lógicamente, por la ley de las expectativas crecientes, uno siempre quiere una fiesta que está más allá de las posibilidades de uno, por lo cual uno recurre a los papitos). No sean niñitos y paguen su propia fiesta, para que de esa manera los carcamanes no tengan derecho a invadirla cual “noche de los muertos vivientes”. Por otro lado, cuando uno es un joven profesional exitoso y próspero, es probable que tus contemporáneos también lo sean, posibilitándoles darles regalos sólidos, sin tener que recurrir a machu kurakas a quienes uno no conoce. Por último, un joven profesional moderno ya se ha mudado antes de casarse, de manera que ya tiene cosas. Ya tiene muebles, electrodomésticos, etc. La justificación de “equipar la casa” deja de tener sentido. Más bien, la preocupación de una joven pareja de profesionales modernos recién casados es qué hacer con las cosas sobrantes; cada uno ya tenía su refrigeradora, su microondas, su juego de sala, etc. ¿Dónde meter todo eso? Más bien habría que regalárselo como ofrenda a esos ancestros venerables (pero que no vayan a la fiesta).

En pocas palabras: si eres un hijito o hijita tradicional, entonces disfruta la fiesta que tus papitos y suegritos organizan en tu honor, pero para placer propio y para equiparte, ya que como niñito no tienes tus propias cosas, por haber vivido con ellos toda tu vidita de veintimuchos o treintaipocos.

Pero si eres un adulto profesional moderno con trabajo, puedes realmente utilizar el día de tu propia boda como símbolo de tu confederación independiente, y que tu boda esté centrada exclusivamente en ti y en tu pareja. Ahí estarás rodeado de tus pares y amigos, y no de un concilio de veteranos de la guerra del '41.

Y a los padres: si quieren que sus hijos maduren, no les den un sol para sus bodas. Guárdense la plata y háganse un tono para sí mismos, y no inviten a todos esos jóvenes turcos. Pero si quieren que sigan siendo hijitos por siempre, y ustedes papitos, entonces normal, sigan igual que en el siglo XVI.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Esbozos de análisis 2: Permutaciones


Las aspiraciones de los jóvenes y las expectativas de los padres pueden ir en contraposición o armonía en una sociedad como la latinoamericana. Es bien sabido que tenemos una tradición patriarcal del paterfamilias que gobierna con mano dura, pero benévola en una casa poblada llena de hijos, familiares y allegados. Sin embargo, con la creciente modernización y secularización van empezando a aparecer fisuras en esta estructura.


Para empezar, la doctrina era que la fecha más temprana en que a los hijos se les permitiría mudarse era con el matrimonio. Mientras que hasta hace algunas décadas, el matrimonio sucedía en los tempranos veintes o incluso antes, no había mayor conflicto. Algunas parejas incluso se quedaban a vivir en la casa de los padres de uno de los recién casados, para deleite de los anfitriones. Sin embargo, las fechas de las bodas se van dilatando, por lo cual vemos solteros que viven en casa hasta entrados los treinta o cuarenta.


Y acá viene la cuestión de las permutaciones. Los jóvenes (y no tan jóvenes) pueden o querer vivir con su mamita indefinidamente, o querer independizarse y ser adultos. La mamita (y papito) a su vez puede desear mantener a sus hijos en condición de niños perpetuos manteniéndolos en casa (y en algunas ocasiones prohibirles la independencia “largo tiempo el peruano oprimido la ominosa cadena (de su mamita) arrastró…”) o bien obligarlos a aprender a volar con sus propias alas, echándolos del niño. Esto nos lleva a cuatro permutaciones posibles, dos felices, dos infelices.


Escenario A: Tanto la mamita como el hijito están satisfechos con mantener sus roles a perpetuidad. A la mamá le gusta mimar a su hijito y al hijito le gusta ser mimado, como cuando tenía cinco años. Cualquier cuestión edipal acá es pura coincidencia. Resultado: todos están felices.


Escenario B: La mamita quiere seguir siendo mamita el resto de su vida, pero el hijo quiere la independencia. El hijo puede enfrentarse a la situación de tener que elegir mantenerse como niño perpetuamente para complacer a su mamita, o mudarse igual, incurriendo el resentimiento de ella. Al realizar la mudanza sin apoyo familiar, lo hará de manera más precaria y con (algo) de sentimientos de culpa. Si se queda, se sentirá frustrado. Resultado: una de las dos partes quedará descontenta.


Escenario C: Los padres quieren que su hijito se mude para poder finalmente superar la fase de la crianza y retomar sus propias vidas, pero el susodicho se rehúsa a hacerlo, reclamando que a sus treintaitantos años sigue siendo deber de ellos darle una vivienda “a su altura”. Los padres pueden botar al hijito de patitas en la calle, para obligarlo a madurar, pero él lo resentirá por toda su vida, acusándolos de malos padres. La otra opción es sufrir al hijito, y tener que aceptar que jamás recuperarán el uso de ese cuarto, o que no podrán vender la casa y mudarse a donde fuera que quieran mudarse, ya que el hijito les reclamará que tiene que ser cerca de su trabajo. O si se mudan, que le dejen la casa. Resultado: una de las dos partes quedará descontenta.


Escenario D: Tanto los padres como el hijo quieren que se dé la independización. No hay conflicto. Los padres incluso pueden apoyar al hijo con artefactos y/o muebles sobrantes. Se mantienen relaciones perfectamente cordiales. El hijo cuenta con privacidad para hacer lo que le venga en gana y volverse un adulto propiamente, y los padres cuentan con más espacio en su casa, y la satisfacción de saber que su hijo puede realmente y fuera de toda duda sostenerse por sí solo. Resultado: todos contentos.


Evidentemente, las situaciones más armónicas son la A y la D. B y C presentan conflictos. En general, nuestras sociedades están pasando de una situación tradicional de “A” (que era la situación por defecto, nadie dudaba de que así tenían que ser las cosas) hacia la modernidad de “D”. Pero este proceso no puede ser automático, y por ello es que se presentan los casos B y C, que deben ser realmente muy trágicos. Quizá en unos cincuenta años “D” llegue a ser lo aceptado ampliamente, pero hasta ese entonces seguiremos en una situación de transición. Entre tanto, brindemos por quienes viven en la seguridad del Escenario A, quienes probablemente son quienes más cobijados y felices viven. ¡Salud!

domingo, 15 de febrero de 2009

Cocino porque me gusta

Lei con atención el último poste del compañero Jorge y tengo que decir que tiene razón... si a uno no le gusta cocinar es mejor no hacerlo y aprovechar las ventajas del menu de cinco soles, aunque ya debe haberse dado cuenta de que por su nuevo cubil los menus valen un poquito mas q eso. But I digress... en mi opinión para la persona que vive emancipado de la sazón materna cocinar tiene una serie de ventajas nada deleznables.

No se necesita tanto tiempo. En mi experiencia de cocinero amateur independiente, la comida casera no toma tanto tiempo como uno podría imaginar. La idea es cocinar usando de la economía de escalas. Es decir, por el hecho de haber solo un comensal no quiere decir que uno debería cocinar lo justo para una comida individual. Al contrario uno cocina como para cuatro y eso le dura para dos días de almuerzo y cena. Y ojo que yo tengo buen apetito, así que creanme que cada una de esas comidas esta bien servida. Entonces para una comparación justa de los tiempos que toman la comida casera y la comida callejera se debe comparar el tiempo que demora cocinar una vez (para cuatro comidas), con el tiempo que demora salir a buscar esas cuatro comidas.

¿Y el tiempo que te toma ir al restaurante?

Sabes como prepararon tu comida. ¿En cuantos restaurantes de menú puede uno ver la cocina donde preparan tu comida? Muy pocos o ninguno a mi parecer. ¿Qué tan higiénicos son? La respuesta es: ¿cómo saberlo? Como saber si el cocinero de turno se lavó las manos después de ir al baño, o después de estornudar, o si sacó una mosca de tu plato de sopa antes de servirlo. Personalmente no tengo mayores problemas en comer en la calle por esta razón, pero me imagino que para varios, estos asuntos de higiene los pueden llevar a pensar dos veces antes de ordenar se un almuerzo de cinco soles.

Él reclama su mosca. ¿Y tú?

Se come mejor. Si uno aprende a cocinar de una manera medianamente decente, la comida casera suele ser largamente superior a todo lo que se pueda conseguir en restaurantes menuceros. Cuando uno cocina para si mismo, prepara la comida exactamente como a uno le gusta y en las cantidades que uno desea. Así, no hay problemas como el menu no me llenó, el menu sabe raro, le echaron algo que no me gusta, el refresco sabe horrible, y otros tantos riesgos que suelen ocurrir cuando uno come en la calle.

Es más sano. Esta ventaja depende de las preferencias personales pues si leen la entrada inmediatamente anterior a esta, hay personas para las que da igual comer sano o no, pues total, de algo hay que morir. Ahora si uno prefiere ahorrarse los infartos, la diabetes y otros tantos males... cocinar en casa presenta ciertas ventajas. Uno elige los ingredientes que prefiere, es decir puede invertir en comer algo más saludable en vez de lo que sucede en los restaurants de menu que evidentemente eligen aquello que sea mas económico. Además, créanme que comer saludable en la calle les va a salir todo menos barato.

No es caro. Si uno cocina, puede comprar en cantidad, digamos la bolsa de 5 kg de arroz, en vez de la de 3/4 de kg, y además en el sitio de su elección, ya sea mercado, autoservicio o bodega de la esquina. Elecciones no faltan y con un poco de experiencia uno aprende cómo, dónde, y cuánto comprar.

En conclusión me parece que la comida casera no carece de ventajas para la persona independiente, divorciada de la sazón de su mamita. Sin embargo, requiere un elemento muy importante para ser efectiva: que a uno le guste cocinar. Si no se da esta preferencia, es mejor seguir el ejemplo de Jorge y comer en la calle. En caso contrario, lectores independientes (los que lo sean) atrévanse a usar sus cocinas y coman a placer.

viernes, 6 de febrero de 2009

No cocino porque no me da la regalada gana

Mi nueva invención: la cocina-reloj. Por lo menos así ese mueble me sirve algo.

Cocinar es monse. En realidad, comer es monse. Ya sé que en el Perú todos son unos fagómanos, pero yo no. Si vendieran una insípida pero nutritiva y práctica “pasta nutricional de astronauta” yo la compraría y consumiría alegremente. Así de negado soy para la comida. Y no hay reunión social en la que me encuentre en que la conversación no toque el tema de en cuál restaurante se hace el mejor ají de gallina o cebiche, o cuál chef televisivo es mejor. Aparentemente, el consenso entre la gente que conozco es que un tal "Gastón" es muy comercial. Zzzzzzzzzzzzzzzzz…


Habiendo establecido que no derivo el placer orgásmico del comer que muchos peruanos obtienen, es lógico y natural que la sazón de los menjunjes de nutrientes que consuma no me interese mucho. El menú de seis soles me provoca tanto placer como el plato de cuarenta y cinco en un restaurante fichoncito (a lo cual habría que añadir el vaso de gaseosa de seis soles y varios etc.). De un solo sopetón reduzco el gasto en “buenos restaurantes”. Y el ahorro es progreso.


No es que no haya intentado cocinar desde que me mudé por mi cuenta. Pero dado que no era una actividad que me interesara sobremanera, no progresé mucho. Me volví experto en la milanesa con arroz y papas fritas.


Todos. Los. Días.


Finalmente me hastié y dejé de hacerlo. Pero como es obvio, no fue el comer lo mismo todos los días lo que me aburrió (ya establecimos que comería “pasta nutriente de astronauta” si este fuera comercializado), sino lo fue el tiempo que me consumía. Desde el momento en que dejaba de trabajar para cocinar, hasta cuando ya tenía el plato en frente de mí, pasaban unos buenos 30-40 minutos. Lavar todos los trastes, cubiertos, vasos etc. demoraba otros 10 minutos. Pero consumía el plato en diez minutos. La proporción entre el tiempo que me demoraba en comer y el que me demoraba en preparar y limpiar lo que había preparado me pareció poco favorable. Así que dejé de hacerlo.


Pero ¿qué hacer? Para mi buena fortuna, al costado de donde vivía antes había un restaurantcillo con menú de cinco soles. Quince minutos y cinco minutos y se acabó todo el aburrido proceso de alimentarme. Unos bueno cuarenta y cinco minutos más en el día para hacer lo que me viniera en gana. Y cuando no estoy de vacaciones, igual almuerzo en mi trabajo, así que normal.


La cuestión es la cena. A veces me pongo cual monje zen y no ceno. Estoy purificando mi cuerpo me digo, entre risas. Cuando eso no basta, es full enrollado, Ramen, sánguche o cualquier cosa. Total, para mí la molestia de cocinar supera (muy) largamente el placer (prácticamente inexistente) de comer un plato de comida bien cocinado. Entonces, ¿para qué? Además, no sé ustedes, pero el Ramen me parece particularmente sabroso.


Ay Jorge, ¡pero eso es vivir como un zapoleta! Es mucho mejor seguir viviendo con la mamita para que te cocine rico lo que quieres, y que además te haga postrecito y te rasque la cabecita, quizá diga alguien. Repito (hemos establecido en este blog también que la comprensión de lectura a veces es dudosa…): No estoy obsesionado con el sabor de los nutrientes que ingiero. Son solo nutrientes. Combustible. ¿Pero y la salud? De algo me tengo que morir, digo yo. Toda esa onda “light” me parece monse. Y que las cosas “naturales” son necesariamente buenas también. El veneno de araña es natural, ¿por qué no se la inyectan?


Si no te mudas porque extrañarías la comidita que te prepara tu mamita… ¿qué te puedo decir? Aprende a cocinar tú pues. Si realmente te causa tanto placer, hazlo tú mismo (o misma). Y te aplaudiré. En última instancia, la independencia es hacer en tu propio territorio lo que uno mismo encuentre más conveniente, eficaz y eficiente; y no en lo que tu mamita crea que es lo mejor para ti. Estamos de acuerdo en que no lo hace con mala intención, pero mientras tu mamita decida qué comes, a qué hora comes, cuánto comes, etc. etc. no dejarás de ser un niño grande. Y de lo que se trata es crecer, pues.


Mamita, ¡jamás te dejaré!