¿En qué tipo de universidad estudiaste, y vives independientemente?

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miércoles, 21 de abril de 2010

Los pequeños placeres de vivir independientemente: la trasnochada


Un pequeño placer de vivir independientemente es la liberación de prácticamente todo accountability. Ninguna persona puede cuestionar tus hábitos, tal como podía ocurrir cuando uno vivía con la mamita. Quieres dormir durante el día y estar despierto de noche y creerte un vampiro de "Twilight" o de "The Vampire Diaries"? Pues dale. No habrá mamita que te ande reclamando por qué no bajas a almorzar, o por qué tienes el televisor prendido toda la noche. Todo es tu pleito.

Quieres llegar a las 3am, como Satanás? Pues dale. Ninguna mamita te andará llamando, supuestamente "para saber si estás bien", que en realidad tiene un reclamo oculto. Hay quienes creen que viviendo con sus mamitas disfrutan de completa independencia al solo tener que avisar a qué hora llegan. Eso no lo es. Viviendo independientemente, nadie te reclamará que llames para avisar a qué hora llegas. No solo se trata de no tener que pedir permiso, sino de ni siquiera tener que avisar.

Quieres no llegar a casa? Pasar la noche con alguna persona del sexo que te resulte atractivo? Pues dale. Nadie te dirá nada al respecto, y ni tendrás que inventar una excusa, ni tu mamita tendrá que hacerse la que te cree.

Alguna vez un amigo me comentó que uno cree que tiene independencia en la casa de la mamita hasta que uno se muda, y que es recién entonces que uno se da cuenta de lo que es la verdadera independencia. Palabras muy ciertas y sabias.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Los pequeños placeres de vivir independientemente 2: El ateismo

¡Y de mi casa también!


No soy el único joven ateo de América Latina, ni del Perú. Pero soy un ateo que no tiene ningún reparo en admitir su condición. Ser un “ateo de clóset” no va conmigo. Soy tan ateo que a veces me provoca cambiarme el nombre a “Godfrey” solo porque suena a “God-free”. Bueno, en realidad no tanto.


Pero la realidad es que los ateos vamos en aumento, y en el último censo 608,434 personas fueron registradas como habiendo respondido no tener ninguna religión. La tendencia es hacia el alza. Ahora, cabría preguntarse cuál es la relación entre el ateismo y la vida independiente, fuera del alcance de la mamita y del papito. Paso a explicar, con lo que posiblemente parezca un circunloquio.


Según datos anecdóticos a mi disposición, sospecho que el número real de ateos ha sido subregistrado (probablemente no de manera significativa, pero subregistrado igual). He oído de casos en que el entrevistado explicaba que no creía en dios, y el censista igual preguntaba: “Así que… ¿católico?” O el caso de algún menor de edad que manifestaba ser ateo, y sus padres daban la instrucción de que debía ser registrado como católico, a pesar de las protestas del chico. Y el censista obedecía.


Eso va en contra de la libertad de religión, que en el Perú es algo que existe a medias. En mi colegio, que era en ese entonces nominalmente secular, las profesoras se horrorizaban al enterarse de que yo era ateo. Se maravillaban de que no me hubieran raptado los duendes (pues soy ateo no bautizado, es decir, hard-core, el real mccoy), y se preguntaban por qué el señor de las tinieblas no había hecho de mí un ser malvado que golpeara a sus compañeritos o que hiciera maldades. Al contrario, he de admitir que era un alumno modelo.


La cuestión es que en esta sociedad, se espera que uno sea católico. O cristiano, aunque sea. O de alguna religión. No es admisible una vida "buena" sin religión. Ya es suficientemente malo que haya ateos que tengan que ocultar su condición de tales por presiones familiares o por cuestiones laborales. Me parece terrible cuando un ateo se termina casando por la Iglesia, tanto para el ateo como para la Iglesia. Para el ateo, porque está realizando una pantomima. Y para la Iglesia, porque la farsa se está llevando a cabo con su aprobación. Mal que bien tiene casi un par de milenios de existencia, algo de respeto merece. Pero el colmo es cuando el joven ateo tiene que ocultar, o por lo menos disimular, su ateismo en su propia casa.


Considero que cuando menos el hogar debe ser el castillo de sinceridad de uno. Por lo menos ahí uno debería poder vivir su libertad de cosmovisiones provenientes de la edad de bronce. Ahí debería estar uno libre de las caras de desaprobación o decepción de los parientes cuando uno se rehúsa a ir a misa. Ahí uno no debería tener que estar expuesto a estatuillas de un pobre tipo torturado y ejecutado (y mientras más sangrienta la estatuilla, más pía).


Son muy pocos los ateos que tienen también padres ateos. Los que tienen mamitas y papitos católicos tienen que aguantarse las intimaciones explícitas o implícitas hacia la conversión y la vera fe, siempre y cuando vivan con ellos. Y es que los católicos, y los monoteístas en general, por lo general no pueden evitar intentar “salvar” al prójimo. No son capaces de entender que los ateos estamos felices y contentos, y que cuando muramos, ahí se acaba todo.


Por ello es que es recién al independizarse que el joven ateo puede finalmente vivir como le place, como librepensante y desprovisto de santos, crucifijos, cristos y de la presión de declararse católico en el censo. Recién ahí podrá vivir en un “God-free zone”.

domingo, 1 de febrero de 2009

Los pequeños placeres de vivir independientemente 1: Los juegos de rol

¡Mi elfo le lanza una flecha mágica al minotauro mutante del futuro!

Ya rayaste Jorge, ¿cómo puede ser que en un blog en que marcas las diferencias con los “niños-grandes” reivindiques una actividad tan inmadura e infantil como los juegos de rol? La pregunta cae de madura. En una sociedad prejuiciosa como esta, este post requerirá empezar como una apología de los juegos de rol.

Para empezar, ¿por qué es infantil el juego de rol? Ciertamente, la imagen de cinco o seis adultos jugando a imaginar que son elfos, hobbits, cazadores de demonios o caballeros Jedi se puede prestar rápidamente a dicha interpretación. Quizá estuvo bueno para cuando uno tenía entre doce y quince años, pero después de eso, ya basta. Sin embargo, visto en perspectiva, prácticamente todos los “juegos” que me puedo imaginar son bien infantiles. Por tomar el caso del juego nacional, el fútbol, podemos ver que se trata de veintidós hombres (o mujeres) adultos persiguiendo una pelotita a la cual le dan de patadas para tratar de insertarla entre tres palos. Y cuando la meten saltan, gritan y bailan como niños de cinco años. O sea, si empezamos a discutir sobre inmadurez a partir de lo que uno juega, todos caen. Que algunos juegos sean más socialmente aceptados es otra cosa. Y que tú te dejes llevar por esas tendencias sociales, hace de ti una oveja.

No pues Jorge, es que esos patas son profesionales, viven de eso. Y aun los amateurs se benefician de hacer ejercicio. Touché, en ambos puntos. Pero clara señal del prejuicio social será que cuando yo diga que conozco a alguien que es un jugador de rol profesional y que vive de eso la reacción será de “oye, qué loser tu pata, eh!”, mientras que a un futbolista profesional se le puede sindicar de muchas cosas, pero no de nerd, loser, inmaduro, etc. Si uno puede ganarse la vida a punta de patear una esfera flexible, no veo qué tenga de malo que otros se ganen la vida narrando historias y entreteniendo audiencias. En fin.
¡Yo pateo la pelota mejor que tú!

Probemos entonces con otra actividad socialmente aceptada: las cartas (póker, casino, blackjack, etc.). Son un grupo de adultos sentados alrededor de una mesa jugando a las cartitas. Tengo mejores cartas que tú, ¡te gané! Uy, qué parangón de madurez. No pues Jorge, patinas de nuevo. El póker se juega entre patas, con chelas y cigarros. Y es así, de machos, porque se juega con apuestas. Excelente. Entonces, ¿el consumo durante toda la noche de sustancias que son ampliamente reconocidas como dañinas a la salud, unido a las apuestas, que es también generalmente visto como vicio, son lo que brinda a la “noche de póker” la legitimidad de la que carece la “noche de rol”? Por favor. En el rol también se juntan los patas a conversar de “cosas de hombres” (o mujeres), pero por lo general se abstienen de las apuestas. Al contrario, creo que eso es una virtud. Y en cuanto al alcohol y cigarros, eso varía de grupo en grupo.

¡Ja! ¡Yo tengo cuatro cartitas con el mismo número, soy un campeón!

Pero Jorge, igual están jugando a “mi hobbit le dice a tu elfo que hay que matar al dragón para rescatar a la princesa”. ¡Date cuenta! Válido. Una campaña de rol puede girar en torno a los clichés más grandes e infantiles de la historia de la humanidad. Pero esto no es un requisito sine qua non. He jugado campañas en que se han tratado temáticas de racismo, imperialismo, la naturaleza del bien y del mal (incluso de la banalidad del mal), la esclavitud, la legitimidad de la rebelión en caso de opresión, etc. Qué tan bien ejecutadas estuvieron dichas aventuras es perfectamente debatible. Pero de abordarse, se aborda. Y no he visto juego de fútbol o de póker en que ello ocurra (excepto los inocuos letreros de “Sácale tarjeta roja al racismo” que mucho efecto no tienen). Y la mitad de las películas en cartelera en cualquier momento dado son infantilísimas, e igual la gente las ve (y no estoy hablando de las películas animadas, ojo).

Eso es, en breve, mi apología del rol. Y si estás en desacuerdo, pues anda patea una vejiga de chancho, métela entre tres palos, grita, quítate el polo y brinca como el loco piedra de la Vía Expresa. Con eso estarás demostrando que en madurez, nadie te gana.

Y ahora sí, ¿por qué es el rol un pequeño placer de vivir independientemente? Pues bien, cuando compartes espacios con la familia, siempre hay pequeñas dificultades logísticas (que serían las mismas con el póker), pero además están las propias de una actividad vista con prejuicio. Puede venir tu hermano surfer y mirar a tu grupo de amigos con cara de qué losers son. O tu hermana-migraña a exigir que se mantengan callados. O quizá tu madre utilice acrónimos para designarlos de manera denigratoria. O la abuelita se acuesta a las 8pm así que de esa hora en adelante hay que jugar usando señales de sordomudo. A quien le guste, que le cueste, se podría decir. Es cierto, pero igual molesta, siquiera un poco. Cuando vives independientemente, asunto arreglado. Cada quien sabe lo que hace.

Por otra parte, ya hemos anotado que en esta sociedad, por las razones que se irán explorando, los jóvenes no se mudan de las casas de sus mamás. Y que jueguen rol, a patea-pelota o a las cartitas de colores no incide mucho, creo yo. Los que juegan fútbol o fulbito tienen la ventaja de que igual no se podría jugar en casa, así que se reúnen en las canchas a jugar (¡y después del fulbito viene el full vaso! Qué decadencia. Asociar el consumo de alcohol a la madurez. ¿Acaso estamos en segundo de secundaria?). Pero en un grupo de jugadores de poker o de rol, por lo general la mayoría seguirán viviendo con sus mamás. Y es poco probable que la mamá (y el papá, hermanos, primos, abuela, etc.) tolere que semana tras semana su sala (porque le pertenece a ella) o su comedor sea monopolizado para los “jueguitos”. Tarde o temprano los terminará botando. Y está en todo su derecho.

Y acá es donde entran los que viven independientemente. En sus aposentos no hay mamá que quiera tener acceso irrestricto a su sala. Uno es King of the Castle, Lord of the Manor, Man of the House. El vivir independientemente te da un espacio para jugar lo que te viene en gana sin restricciones de mamita. Y de no ser por quienes viven independientemente, es posible que la práctica del hobby terminaría languideciendo, por falta de local. Desde este punto de vista, entonces, el poder seguir jugando Calabozos y Dragones hasta bien entrados los 20s o 30s es mas bien señal de crecimiento y no de inmadurez. Y lo es porque uno lo hace en espacios propios. Porque en efecto, tener veintitantos o treintaitantos y seguir jugando a lanzarle rayitos eléctricos mágicos al orco en la sala de tu mamita como que sí sería medio problemático. Por lo menos yo sí sé que si viviera con mis padres no jugaría ahí, y mucho menos de forma regular. Hasta algo de roche me daría. Habría preferido dejar de jugar. Pero como soy independiente, sí me puedo dar ese lujo.

¡Soy un monstruo muy pero muy malo!