¿En qué tipo de universidad estudiaste, y vives independientemente?

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miércoles, 28 de abril de 2010

Esbozos de análisis: Cuestión de valores

Entre los emancipados y quienes defienden el seguir viviendo con sus mamitas parece haber una brecha irreconciliable de lo que podrían describirse como "valores". Supuestamente, los emancipados dirían que ellos defienden el valor de la "independencia" y representarían a los que viven con sus mamitas como defensores del valor del "engreimiento". A su vez, quienes viven con sus mamitas dirían que defienden el valor de la "vida decente" y representarían a los emancipados como defensores del valor de la "decadencia".

Sin embargo, esta también es una falsa dicotomía. En medio de todo, la vasta mayoría de las personas se ascriben a dos valores: "independencia" y "comodidad". La cuestión es saber dónde considera uno que encuentra el justo medio aristotélico. Ser homeless sin duda te da mucha independencia, pero ninguna comodidad. Vivir con una mamita que te controla cada minuto del día te puede dar mucha comodidad, pero cero independencia. No obstante, la mayoría están en algún lugar al medio.

Hay situaciones que son verdaderos no-brainers. Si puedes mudarte de la casa de tu mamita y ello te significará más independencia y más comodidad, pues no hay buena razón para no hacerlo. No hay mucho que decir acá.

Para muchos jóvenes profesionales de clase media y alta, sin embargo, mudarse de la casa de la mamita más bien importa un sensible descenso en comodidad, si bien se puede ganar una cierta cantidad (dependiendo mucho de los casos) de independencia. Dado que las mamitas suelen ser bastante tradicionalistas, yo diría que la cantidad podría llegar a ser significativa. Y he acá donde el joven profesional ha de priorizar lo que prefiere. El tradicionalista pondrá como su prioridad la comodidad, mientras que el moderno privilegiará la independencia.

Y eso es algo que se han de preguntar los jóvenes profesionales. "Priorizo mis valores de manera tradicional o moderna?"

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Esbozos de análisis 4: Más en torno a con cuánto uno puede vivir independientemente


En un post anterior hicimos una deducción basada en indicadores macroeconómicos sobre con cuánto debería una persona poder vivir independientemente y habíamos llegado a la cifra de S/. 1,100. Sin desmerecer dicha cifra, la cual Viviendo Solo sigue apoyando, y ya que el elemento financiero es clave para tomar la decisión de mudarse o no, esta semana hemos hecho una pequeña búsqueda en Internet para ver algunas opiniones alternativas. Lo importante que hay que señalar acá es que Viviendo Solo ha trabajado con deducciones macroeconómicas sobre con cuánto hay que vivir en una economía dada, mientras que estas observaciones alternativas son basadas en la experiencia.

Vemos una discusión en Yahoo! Respuestas. La pregunta con su respuesta ganadora dicen así:

1400 soles o 400 dolares alcanzan para vivir en lima peru una sola persona???

1400 soles o 400 dolares alcanzar para vivir comodamente en lima peru, es para una sola persona, y queda algo para ahorrar???
  • hace 2 años

Información adicional

1400 soles o 400 dolares mensuales alcanzan para vivir comodamente sin lujos en Lima, y alcanzar a ahorrar algo, ya voy de Colombia a Peru a Trabajar??? gracias

hace 2 años

Mejor respuesta - Elegida por la comunidad
HOLA!

las respuestas son muy variadas.
"pero" 1.4oo soles , es mas de lo que gana un padre con un sueldo mínimo.

Si vives "cómodamente" en un sitio pequeño y no te extra limitas, podras ahorrar.
Hay padres que con 1,400 soles, les dan de comer a sus hijos.
Lima es preciosa!
Su gente tambien.
Esto, Ya vale que hagas un ajuste en tu economia.
Te sentiras bien!
Quien como tu, el que viajes a Lima!!!!
No sabes como la extrano!!!

Suerte!

Fuente(s):

LA VIDA
  • hace 2 años

Hay trece respuestas adicionales, de las cuales doce indican que sí, con S/.1,400 uno puede vivir en Lima independientemente. Hay que recordar que no indican que S/.1,400 sea el mínimo necesario, sino que con ello sí se puede vivir. Si es cierto que se puede vivir con S/.1,100, con S/1,400 también se puede.

También hemos encontrado otra encuesta en futuromillonario.com. Ahí, se pregunta "¿Cuántos dólares necesitas para vivir al mes si vives en Perú?". Casi la mitad responden que se puede vivir con menos de $500, y las demás respuestas se subdividen en $1000, $1500, $2500 y $3000. Nuevamente vemos que las respuestas de la mayoría coinciden con las evaluaciones que hemos viniendo haciendo, ya que con la tasa de cambio actual, S/.1,100 suman $380, o S/.1,400 son $485. Obviamente, mientras más dinero, mejor; pero no nos queda claro si quienes contestaron que se necesita $3000 para vivir (o sea, para no estar por debajo de la línea de la pobreza extrema, ie, no poder comprar la mínima cantidad de kilocalorías necesarias para sobrevivir) realmente entendieron la pregunta. Porque es una cosa muy diferente "Cuántos dólares necesitas para vivir" de "Con cuántos dólares te gustaría vivir". A mí me gustaría vivir con, por decir una cifra, $10,000 al mes, pero sé que para vivir se necesita menos de $500.

En general, acá hay más evidencia de que si alguien gana en el rango de S/. 1,100 a S/. 1,450 al mes y no se muda es porque es no quiere y no porque no pueda. Si no quiere dejar los lujos de la casa de la mamita, y/o no se siente capacitado para vivir como adulto, que lo acepte y no ponga excusas de "no me alcanza".

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Esbozos de análisis 3: ¿Con cuánto dinero me puedo -o debo- mudar?


Una de las limitaciones para la mudanza es el ingreso de los jóvenes profesionales. Nunca parece haber suficiente dinero. La estructura social en la cual se encuentra inserto este fenómeno fue estudiado en la hipótesis de las expectativas crecientes. Ahora nos toca intentar proponer algún marco con el cual el joven profesional pueda evaluar si es que no se muda porque realmente no le alcanza o simplemente porque prefiere seguir viviendo con su mamita, y la falta de dinero se vuelve una mera excusa.

Acá tenemos el convencimiento de que lo que debe tomarse en cuenta es la situación económica de la sociedad en la cual uno está inserto, y ello debe ser visto de manera objetiva, con indicadores, y no a través de la subjetividad del individuo. Una entidad que postula cifras respecto de cuánto es necesario para poder vivir en un dicho lugar es el Estado. Este legisla una "remuneración mínima vital". Esta asciende a S/. 550 mensuales, soles más, soles menos. En principio, cualquier persona que gane más de S/. 550 al mes debería estar en condiciones para mudarse por su cuenta, y si no lo hace es porque ama mucho a su mamita. Ojo, en principio esta cifra también debería alcanzar para mantener una familia.

Ahora, el problema es que la remuneración mínima no necesariamente refleja la realidad económica. El Estado está presionado por los sectores empresariales para mantener una cifra artificialmente baja, para poder mantener sus márgenes de ganancia. Si no fuera por esta legislación, incluso, los empresarios intentarían pagar aun menos.

La remuneración mínima vital, entonces, no puede ser utilizada como un indicador fiable y objetivo de cuánto se requiere para vivir independientemente. ¿Qué alternativa tenemos? Podemos intentar recurrir a otros indicadores macroeconómicos.

El PBI (Producto Bruto Interno) del Perú nos puede servir de algún indicador. Este refleja el valor de todos los bienes y servicios producidos en el Perú en un año dado. Esto, dividido entre la población del Perú nos da el PBI per cápita, que es un reflejo del valor producido (o recibido) en promedio por los habitantes del país. Esta cifra alcanza los $4,448. Convertido en soles, son unos S/. 13,120, dividido entre doce meses y redondeando, son unos S/. 1100. Esto significa que el PBI per cápita por mes de los peruanos asciende a S/. 1,100. Esto nos puede servir como guía macroeconómica.

Proponemos, entonces, que la base con la cual medir si uno está en condiciones de mudarse o no sean estos S/. 1,100. La idea sería que uno no podría legítimamente decir que ganando más que el promedio de los peruanos, no está uno en condiciones de mudarse. El que uno perciba que necesita más no es una cuestión medida en términos objetivos, sino en términos subjetivos de expectativas no alcanzables. En una república de ciudadanos iguales, no puede uno legítimamente decir que el promedio no es suficiente para uno. Lo que cabría hacer es admitir que a uno le gusta que lo mime su mamita.

Hay ciertas limitaciones a esta propuesta. Sería mejor aun si hubiera datos completos de las remuneraciones promedio en la república. La cifra promedio podría servir como base que reemplace la del PBI per cápita. Otra precisión podría ser la de tomar en cuenta PBI per cápita (o remuneración promedio) por departamento o ciudad. Es cierto que S/. 1,100 en Lima no es lo mismo que S/. 1,100 en Caballococha.

Con lo que habría que tener cuidado es con los distritos, pues algunos querrían llevar este detalle a ese nivel y argüir que en tal distrito la cifra es mucho más alta. Nadie les obliga a vivir en determinado distrito de una ciudad. Eso es pura afición burguesa. Uno se puede mudar a otra parte dentro de la misma localidad, sin perder el empleo.

Recuerden: S/. 1,100 mensuales, y están en condiciones de vivir como ciudadano promedio dentro de los estándares de esta economía.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Esbozos de análisis 2: Permutaciones


Las aspiraciones de los jóvenes y las expectativas de los padres pueden ir en contraposición o armonía en una sociedad como la latinoamericana. Es bien sabido que tenemos una tradición patriarcal del paterfamilias que gobierna con mano dura, pero benévola en una casa poblada llena de hijos, familiares y allegados. Sin embargo, con la creciente modernización y secularización van empezando a aparecer fisuras en esta estructura.


Para empezar, la doctrina era que la fecha más temprana en que a los hijos se les permitiría mudarse era con el matrimonio. Mientras que hasta hace algunas décadas, el matrimonio sucedía en los tempranos veintes o incluso antes, no había mayor conflicto. Algunas parejas incluso se quedaban a vivir en la casa de los padres de uno de los recién casados, para deleite de los anfitriones. Sin embargo, las fechas de las bodas se van dilatando, por lo cual vemos solteros que viven en casa hasta entrados los treinta o cuarenta.


Y acá viene la cuestión de las permutaciones. Los jóvenes (y no tan jóvenes) pueden o querer vivir con su mamita indefinidamente, o querer independizarse y ser adultos. La mamita (y papito) a su vez puede desear mantener a sus hijos en condición de niños perpetuos manteniéndolos en casa (y en algunas ocasiones prohibirles la independencia “largo tiempo el peruano oprimido la ominosa cadena (de su mamita) arrastró…”) o bien obligarlos a aprender a volar con sus propias alas, echándolos del niño. Esto nos lleva a cuatro permutaciones posibles, dos felices, dos infelices.


Escenario A: Tanto la mamita como el hijito están satisfechos con mantener sus roles a perpetuidad. A la mamá le gusta mimar a su hijito y al hijito le gusta ser mimado, como cuando tenía cinco años. Cualquier cuestión edipal acá es pura coincidencia. Resultado: todos están felices.


Escenario B: La mamita quiere seguir siendo mamita el resto de su vida, pero el hijo quiere la independencia. El hijo puede enfrentarse a la situación de tener que elegir mantenerse como niño perpetuamente para complacer a su mamita, o mudarse igual, incurriendo el resentimiento de ella. Al realizar la mudanza sin apoyo familiar, lo hará de manera más precaria y con (algo) de sentimientos de culpa. Si se queda, se sentirá frustrado. Resultado: una de las dos partes quedará descontenta.


Escenario C: Los padres quieren que su hijito se mude para poder finalmente superar la fase de la crianza y retomar sus propias vidas, pero el susodicho se rehúsa a hacerlo, reclamando que a sus treintaitantos años sigue siendo deber de ellos darle una vivienda “a su altura”. Los padres pueden botar al hijito de patitas en la calle, para obligarlo a madurar, pero él lo resentirá por toda su vida, acusándolos de malos padres. La otra opción es sufrir al hijito, y tener que aceptar que jamás recuperarán el uso de ese cuarto, o que no podrán vender la casa y mudarse a donde fuera que quieran mudarse, ya que el hijito les reclamará que tiene que ser cerca de su trabajo. O si se mudan, que le dejen la casa. Resultado: una de las dos partes quedará descontenta.


Escenario D: Tanto los padres como el hijo quieren que se dé la independización. No hay conflicto. Los padres incluso pueden apoyar al hijo con artefactos y/o muebles sobrantes. Se mantienen relaciones perfectamente cordiales. El hijo cuenta con privacidad para hacer lo que le venga en gana y volverse un adulto propiamente, y los padres cuentan con más espacio en su casa, y la satisfacción de saber que su hijo puede realmente y fuera de toda duda sostenerse por sí solo. Resultado: todos contentos.


Evidentemente, las situaciones más armónicas son la A y la D. B y C presentan conflictos. En general, nuestras sociedades están pasando de una situación tradicional de “A” (que era la situación por defecto, nadie dudaba de que así tenían que ser las cosas) hacia la modernidad de “D”. Pero este proceso no puede ser automático, y por ello es que se presentan los casos B y C, que deben ser realmente muy trágicos. Quizá en unos cincuenta años “D” llegue a ser lo aceptado ampliamente, pero hasta ese entonces seguiremos en una situación de transición. Entre tanto, brindemos por quienes viven en la seguridad del Escenario A, quienes probablemente son quienes más cobijados y felices viven. ¡Salud!

sábado, 24 de enero de 2009

Esbozos de análisis 1: Hipótesis de las expectativas crecientes

En la antigua Grecia se planteó la paradoja de que si se diera una carrera entre Aquiles y una tortuga que empezara con cierta distancia de ventaja, aquél jamás lograría alcanzar a esta. Esto se debería a que, si bien Aquiles es más veloz, al haber una infinidad de puntos por los que debería pasar antes de alcanzar a la tortuga (que a su vez no deja de moverse y de agregar distancia al recorrido que deberá traversar el héroe), dicha infinitud no podrá ser recorrida en un espacio de tiempo finito (hay más detalles en esta paradoja, pero no vienen al caso aquí).


Sin embargo, al someterse esto a la verificación empírica más rudimentaria, queda expuesto como un absurdo. Aquiles obviamente tendría que alcanzar y superar a la tortuga. Hasta yo lo podría hacer.

No obstante, si cambiáramos a los protagonistas, la situación podría presentar un cariz distinto. Supongamos que a Aquiles lo reemplazáramos por otro griego, digamos, Efialtes de 300; la tortuga genérica, a su vez, es reemplazada por una tortuga ninja. En este caso sí sería más plausible que Efialtes persiguiera a la tortuga ninja por toda la eternidad sin poderla alcanzar. Y este escenario ilustra mi “hipótesis de las expectativas crecientes”, también conocida de cariño como la “hipótesis del niño-grande por siempre”.


Formulo la hipótesis en los términos siguientes: En sociedades como la limeña, a lo largo del tiempo habrá casi siempre una brecha entre el poder adquisitivo del joven profesional y el nivel de vida que cree merecer. A medida que el poder adquisitivo aumente con el tiempo, el nivel de vida esperado aumentará más allá del nuevo poder adquisitivo. El resultado neto será que, la mayor parte de las veces, en lugar de aceptar su realidad, el joven profesional optará por no enfrentarla y seguir viviendo con su mamá. Paso a explicarlo.

Si graficáramos una sociedad y economía ideales, la curva del poder adquisitivo del joven profesional a lo largo del tiempo calzaría con la de sus expectativas de estándar de vida:

Mal que bien, esto es más o menos lo que sucede en algunas partes del primer mundo. El joven egresado sabe que no va a ganar mucho (aún) y entre tanto sabe que tendrá que compartir pequeños departamentos de mala muerte en zonas medio sospechosonas de la ciudad. Caballero nomás, es el precio que se paga por la independencia. Sin embargo, la economía le permite paulatinamente ir aumentando su nivel de ingresos, y este, ir alcanzando estándares de vida que en cada fase les parecen medianamente adecuados. Si esta fuera una carrera como las planteadas anteriormente, podría ser representada como Aquiles (poder adquisitivo) y la tortuga ninja (expectativa de estándar de vida) alegremente yéndose a correr tomados de la mano. Cuánta armonía y felicidad.

El escenario de economías subdesarrolladas y sociedades medio patrimonialistas como la limeña (y quizá sea esto extensible a otras partes del tercer mundo), sin embargo es sumamente infortunado para el joven egresado. Por una parte, la economía no brinda las mismas oportunidades a los jóvenes (sigo praaaaaaaacticandoooooooooo…) como en el primer mundo. Esta falta de dinámica hace que el poder adquisitivo del joven profesional peruano se parezca más a Efialtes que a Aquiles. Esto de por sí es un gran problema.

Pero lo trágico del caso limeño es que en una sociedad medio patrimonial como esta, las apariencias son de gran importancia. En consecuencia, las expectativas de estándar de vida de estos jóvenes profesionales no se adecuan al escenario en el que les ha tocado vivir. Lejos de poderse representar por una tortuga silvestre que sí estaría al alcance de Efialtes, estos jóvenes tienen expectativas de tortuga ninja. Y quizá ni siquiera de la tortuga ninja normal, sino de una tortuga ninja advanced. Porque el joven profesional limeño muchas veces no quiere tolerar vivir en el loft de medio pelo de su contraparte de primer mundo. Ay fo, qué asco, ¡¿qué diría la gente?! Tiene que ser un señor depa, en una de las mejores zonas de la ciudad. Conocía a alguien que decía que recién se mudaría cuando pudiera costearse una vivienda con piscina. Gráficamente vemos que la curva de poder adquisitivo es mucho más deprimida que en el primer mundo, y que las expectativas son aun mayores:



Esto es una tragedia: nunca se alcanza el nivel deseado. El joven universitario de 20 años puede decir que cuando tenga plata, al toque se mudaría aunque sea a un cuarto en una pensión, con baño compartido. Pero cuando, a los 23, ya tiene plata para eso, dice que mínimo, un minidepartamento, pero que todavía no le alcanza. Lo mismo sucederá a los 26, cuando dirá que no le basta un minidepa, sino que requiere un depa. Y a los 29, dirá que el depa genérico no es suficiente, sino que requiere un depa parado. Y así sucesivamente. Y en todo este transcurso, no se muda de la casa de su mamá. Por más que Efialtes persiga a la tortuga ninja, alcanzarla le será muy difícil. Cuando uno tiene irrealizables expectativas crecientes, terminará siendo un niño-grande por siempre.

Las apariencias y el escapismo. En efecto, en cuanto al aparentar, es mejor no irse de la casa de la mamá. Ciertamente, mi mamá me mima, lo cual es una ventaja. Uno ahorra mucho dinero que se puede gastar en lujos que sirvan para ese aparentar (ya hemos hablado de carros en un post anterior). Pero en este aspecto, también está el factor de la potencialidad. El escenario es sigo viviendo con mi mamá, pero estoy ahorrando para comprarme una jato/depa. Mientras esa compra no se realice, por lo menos se puede mantener el espejismo del nivel de vida “decente” aun no realizado. Ya verán, cuando lo compre será un jatón. Pero por la hipótesis de las expectativas crecientes, siempre tendrá que ser un lugar de mayor prestigio que al que uno puede en ese momento acceder. Pero peor sería para estos jóvenes finalmente “sincerar” su situación y comprarse o alquilar aquello que realmente pueden costear. Pues de esa forma estarían desnudando ante esta sociedad de apariencias, que no tienen el dinero que les gustaría aparentar tener.

Para estos jóvenes, es más deseable quedarse como Sancho Panza fantaseando sobre su ínsula (en la casa de su mamá) que enfrentar la dura realidad. Y así, el baile de las apariencias seguirá y seguirá… y quizá al ritmo de esta canción, que celebra la vida con toda la familia